lunes, 10 de febrero de 2014

"Huérfanos", por José Antonio Flores Silvera

Aquella mañana, cuando Elena regresó a casa oprimida por la servidumbre de las bolsas del supermercado, se encontró a su marido sentado en el salón con la televisión encendida.
En un primer momento, Elena no supo cómo enfrentar el desafío provocado por la situación, pero reaccionó de inmediato, como mujer ejercitada en las lides de lo imprevisible, y se acercó a su esposo para reafirmarse a su lado, a la expectativa de los acontecimientos, con su ánimo palpitante por la urgencia de lo inesperado, y con un temblor en las manos, no por consabido menos alarmante.
Al principio, todo aparentaba esa falsa naturalidad entre los dos cultivada durante tantos años de convivencia, aunque no se intercambiaran ninguna palabra, ninguna expresión, ningún gesto. Pero Elena sabía perfectamente que la tormenta podía despertarse de nuevo en cualquier momento. Solo eran necesarias dos masas de aire a diferentes temperaturas y la inercia de su fluctuación en el acaecer de los acontecimientos para reconducir, hasta el pórtico de la inestabilidad, esas partículas que imperan suspendidas entre las aristas intuidas sobre el espacio que media entre dos cuerpos.
Las tormentas se crean cuando un centro de baja presión se desarrolla con un sistema de alta presión que lo rodea. Y Elena había sido educada, por la fuerza de la experiencia, en la obligación de saber acatar de muy buena gana el factor desencadenante de los accidentes de las circunstancias.
Al comprobar que Antonio no se manifestaba con ningún gesto, mediante ninguna expresión, que no exponía ninguna palabra, Elena reajustó las coordenadas de su atención hacia la esfera de su reloj de pulsera para evidenciar, como un aviso de sedición, que los niños estaban a punto de llegar del colegio.
Elena Sabía perfectamente qué tenía que hacer.
Así que Elena se desplazó hasta la cocina con la frialdad deformada de quien tiene la intención  de dominar el contexto, pero sin la confianza necesaria para llegar a creérselo de veras, y Elena destapó la olla donde se cocinaba el guiso con la lenta paciencia de un fuego lento, y con la eterna morosidad de los días interminables.
La disonancia de algún grito apagado por la voluntad del olvido repercutió en su memoria. Algún brote del dolor enterrado en las cicatrices de su cuerpo. Luchas y batallas alojadas para siempre en la sombra de los cuartos, en el polvo acumulado en los aparadores, y en las viejas heridas del tiempo asociadas, para siempre también, al desconsolado lamento de los niños.
Después e insistentemente, se recolocó como el fantasma de lo inevitable en el centro del corredor, y observó detenidamente al hombre que descansaba en el salón de la casa, con los pies embutidos en unas zapatillas nuevas y vestido con el mismo traje negro con el que fue enterrado.
Antonio había sufrido un ataque al corazón justo después de su último almuerzo, fulminante como el dictamen de la desgracia cuando se abate sobre la tierra con la violencia de los huracanes y con el furor implacable de una plaga bíblica, en el preciso instante en que pasaban por la televisión esa misma película, cuyas imágenes se proyectaban ahora sobre las paredes del salón como si la muerte se dedicase a bailar con su propia luz, o fuera la heredera de su propio cementerio.
Antonio existía muerto y enterrado ya para siempre desde hacía dos semanas. Y Elena pensaba haberse liberado de él.
Transcurrían en el salón esos minutos como surgidos desde otra dimensión equivalente, y se reubicaban a su vez, con la angustia de la caducidad, en el movimiento perpetuo que transita el espacio emplazado entre las dos y las dos y media de la tarde.
Se desprendían los segundos de la cortina del tiempo como el interminable descenso de la sombra por la pared de los cuartos, como el ultimátum de una maquinaria imprecisa situada en una fundición de acero, más allá de las urbanizaciones.
Elena se colocó alrededor de la cintura el delantal de madre y esposa, preparó la mesa con la ayuda de sus manos desnudas, y separó los visillos, que adornaban una ventana al exterior con la calor propicia de los hogares habitados por la combustión de sus pasiones, para controlar la inminente llegada de los niños.
En la distancia, un sol de justicia reinaba su majestad de circunferencia sobre la hora del mediodía, y establecía el gobierno de ese instante como un espejo proyectado sobre su propio desierto; puro y desolado ese intervalo estatuido entre un antes de ahora y un después de este antes, casto cristal de arenas rotas.
Un presagio de inquietudes estremecía el organismo agotado de una Elena presentida hasta provocarle el dolor de su pensamiento, hasta encontrarle el germen mismo de la mala conciencia por no saber apagar el llanto de unos niños, por la impotencia de no saber reconstruir el contrafuerte de todas las soluciones. Ese sentimiento de culpa determinado por la injusticia de las causas y de las consecuencias, y fundamentado en la debilidad del desamparo.
Sonaba en el interior de la casa una renacida disonancia de un tiempo que parecía clausurado ya.
Sin mediar una palabra, un gesto, una expresión de reconocimiento, un algo que sofocara aquella opresión impenetrable, Antonio observaba la pantalla, inmóvil como la perseverancia, tenaz como la misma paciencia.
Un olor a garbanzos quemados se apoderaba del vacío de los secretos.
Y, al final de la calle, la silueta de dos niños alegres que regresaban un día más del colegio.

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